Boletín de Maoz Israel septiembre 2021

El derecho a existir

Cómo empezó todo - Parte 7

Después de que Juliette y su hija se comprometieran con Yeshua, su marido la llevó a los tribunales. El derecho de una mujer judía a creer en Yeshua sin que el Estado de Israel le quitara sus hijos y su hogar estaba en juicio. Teníamos que estar al lado de nuestra compañera de fe.


Shira Sorko-Ram
Por Shira Sorko-Ram
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Corría el año 1975. Justo antes de que Ari y yo nos conociéramos, comencé a frecuentar a Juliette una vecina del edificio de apartamentos de al lado, en un suburbio de Tel Aviv.  Era conocida como «Jo» y tenía tres hijas.

Su esposo, un alcohólico que pasaba de una amante a otra, iba y venía, y terminó dejándolas a ella y a sus tres hijas en la indigencia. Sin embargo, el amor es algo curioso, y Juliette seguía amándolo a pesar de todo. Durante 20 años, ella hizo lo imposible por mantener a su familia unida; era un ama de casa buena y leal y nunca dejó de esforzarse por ayudar a sus hijas.

Cuando Ari y yo logramos conocerla bien, pudimos ver que era una mujer quebrantada. Comenzó a asistir a nuestro estudio bíblico, y poco después, confesó que estaba lista para que Yeshúa se convirtiera en su Señor. «Pero —dijo— mi esposo ha estado buscando una razón legal para divorciarse de mí durante muchos años; hasta ahora no encontró ninguna. Si me convierto en una creyente en Yeshúa, él finalmente conseguirá lo que quiere».

Ramat Hasharon, la ciudad en la que Ari y Shira Sorko-Ram criaron a su familia y fundaron la primera congregación religiosa de habla hebrea

Elige: Yeshúa o tus hijas

Le respondimos que esa tendría que ser su decisión; debería medir el precio de seguir a su Señor. 

Ella, al final, sí entregó su vida a Yeshúa, junto con su hija mayor. La transformación, especialmente en la vida de su hija de dieciséis años, se convirtió en un increíble ejemplo del poder de Dios en la vida de una adolescente. Durante ese tiempo, miembros de nuestra congregación les llevaban comida de vez en cuando, ya que el esposo se negaba a mantener a la familia de forma permanente.

Como no podía ser de otra manera, el esposo solicitó el divorcio y exigió la custodia de las niñas. Hizo saber que no pensaba criar a sus hijas, sino que las pondría en un hogar para niños. También pidió que su apartamento y todo lo que había en su interior se le entregara únicamente a él, sin que su esposa recibiera ninguna ayuda económica ni ahora ni en ningún momento en el futuro. En otras palabras, su objetivo era echarla legalmente de su casa y quedarse con las niñas.

El abogado del esposo escribió en el proceso judicial que la razón por la que este hombre hacía dichas demandas es que nuestra congregación mesiánica «destrozó su buen hogar y causó no solo un deterioro en sus hijas, sino también el cambio de religión de su esposa».

Este tipo de casos suele sentar un precedente para futuras decisiones legales y culturales. Por eso, nuestra congregación sintió que este ataque no debía quedar sin respuesta. Teníamos que apoyar a nuestra hermana creyente. ¿Es que acaso un israelí que llega a creer en Yeshúa como Señor debe perder a sus hijos? 

Empezamos a orar por un abogado que nos representara bien y que, además, en verdad comprendiera los principios del judaísmo mesiánico. Es decir, que una persona judía puede recibir el perdón de Dios si cree en el sacrificio del Mesías de Dios y si obedece a Su Palabra. Nosotros, como judíos mesiánicos, pretendemos caminar y hablar con nuestro Dios que amamos, el Dios de Israel, ¡no cambiar de religión!

Comprendimos la magnitud de la batalla: aquí estaba en juego el derecho de una mujer judía a creer en Yeshúa sin que el Estado de Israel le quitara sus hijas. ¡Y así era!

Al mismo tiempo, otra joven de nuestra congregación que había aceptado a Yeshúa como su Señor, le preguntó a su esposo qué haría si ella creyera en el Mesías Yeshúa. Él respondió que le pediría el divorcio y le quitaría la custodia de su bebé. Le advirtió: «Ningún tribunal del país te apoyaría y te daría el bebé si crees en “Yeshu” (pronunciación del nombre de Yeshúa por parte de los no creyentes)».

En el tribunal

Repasando lo que escribí en su momento en el Boletín Maoz Israel, estaba claro que sabíamos que nuestras plegarias eran escuchadas incluso antes de que el juez tomara su decisión:

«Ayer, Jo estuvo en el tribunal, y aunque ha sido un asunto largo y prolongado, está yendo muy bien, como sin duda creíamos que pasaría. Nuestros corazones nos dicen que hemos ganado esta batalla en el mundo espiritual según las preciosas promesas de la Palabra; y los buenos resultados le siguen aquí en la tierra.»

«El esposo citó a un testigo para que hable en contra de nosotros, pero, en cambio, terminó hablando muy bien. En un momento dado, el juez incluso preguntó dónde se reunía nuestra congregación y, sin que lo supiéramos, ¡una persona del gobierno fue enviada a asistir a una de nuestras reuniones! Dios nos ha favorecido con un tremendo abogado israelí. Se le ha dado una sabiduría sobrenatural para ver, por adelantado, la estrategia de la otra parte.»

Aun así, cuando se conoció la decisión, ¡nos sorprendió el razonamiento del juez! El juez (¡que era un judío ortodoxo!) declaró que, según su criterio, Juliette no había transgredido la religión de Moisés. Por ejemplo, explicó el magistrado, ella no había intentado alimentar a su esposo con alimentos impuros o prohibidos, tampoco había infringido las leyes de la modestia, ni se había comportado de modo indecente o había perturbado a propósito la ordenada vida familiar con su esposo. Por lo tanto, no podía considerarse que había violado la religión judía. Este era un cambio fenomenal en la forma en que el juez percibía a una israelí que cree en Yeshúa el Mesías.

Un artículo periodístico (marzo de 1982) que informaba sobre el caso expresó que el juez estaba «discutiendo el tema de si la adhesión a la secta de los judíos mesiánicos es suficiente en sí misma para violar la religión de Moisés y el judaísmo». Dictaminó que «la adhesión en sí misma no es un indicio para afirmar que Juliette se convirtió a otra religión».

En otras palabras, la explicación por escrito de este juez se convirtió en un documento legal israelí que implica que una persona judía que mantiene un estilo de vida judío puede creer que Yeshúa es el Mesías judío ¡y seguir siendo parte de la Casa de Israel!

Nos sentimos animados por una profecía (que todavía se está cumpliendo) que dio Ron Wahlrobe de Lubbock, Texas, en 1980. Aquí citamos un fragmento:

«La luz del Evangelio arderá en la comunidad judía y tocará a miles de personas. Nada incitará más la reacción de Satanás que esto. Él arremeterá con accidentes amenazantes, turbas impulsivas y convulsas, amenazas de la naturaleza y encarcelamientos. Sin embargo, Dios les dará decisiones judiciales favorables, protección divina y la capacidad de ver los planes del enemigo antes de que se ejecuten.»

El esposo de Jo incluso acudió al Tribunal Rabínico, pensando que obtendría un trato más comprensivo, pero su comportamiento era tan infame que el tribunal lo ignoró. A Jo le dieron la custodia de sus tres hijas, se le concedió la propiedad legal de la casa, y a su ahora exesposo se le ordenó pagar una pensión alimentaria mensual.

El popular periódico vespertino israelí, Yediot Aharonot, del 31 de enero de 1983, tituló: «Lo obligan a pagarle la pensión alimentaria a su esposa pese a que ella se unió a la secta de los judíos mesiánicos».

Nosotros, a través de nuestros colaboradores de Maoz, acabamos pagando diez mil dólares por ese caso judicial, ¡lo que era muchísimo dinero a principios de los años 80! Sin embargo, ¡valió la pena! Por lo que sabemos, este fue el primer caso legal en el Israel moderno donde se resolvió a favor de un judío mesiánico. Y nunca hemos oído hablar de otro caso desde entonces en nuestro país en el que el tribunal le haya quitado la custodia de los hijos a un padre o una madre por su fe en Yeshúa.

Moshe Verbin con sus seguidores mientras se presenta en la alcaldía de Ramat Hasharon
Créditos: NLI, Archivo: Dan Hadani

Sobornos para los conversos

Menos de dos años después, llegó el siguiente desafío público. El 5 de octubre de 1984, apareció en el periódico local de Ramat Hasharon un artículo que decía que el alcalde de nuestra ciudad nos acusaba públicamente, a Ari y Shira Sorko-Ram, de ser misioneros que sobornaban a los jóvenes israelíes para que se convirtieran a otra religión.

Para comprender la gravedad de tal acusación, es importante entender las convicciones culturales que presentaba el típico hombre israelí promedio desde los primeros días del Estado de Israel.

La palabra «misionero» en Israel tenía una connotación muy negativa (y aún la tiene para muchos israelíes). Lo creas o no, la palabra evoca la imagen de un agente extranjero cristiano a sueldo que cree que el pueblo judío debería convertirse al cristianismo y dejar de existir como pueblo. No existían límites para los métodos que un misionero podía utilizar a la hora de persuadir a los israelíes vulnerables, especialmente con relación a los ancianos, según esta opinión israelí casi universal. En aquellos días, los israelíes estaban seguros de que ningún judío en su sano juicio caería en el cristianismo (la religión que, ellos creían, dio origen al Holocausto). Entonces, la nación estaba absolutamente segura de que los misioneros debían ofrecer generosos beneficios, como dinero y viajes al exterior, para atraer a los judíos y convencerlos de abandonar su pueblo y convertirse al cristianismo.

De hecho, nuestra Knesét (parlamento) creía tanto en esta narrativa que unos años antes aprobó una ley que prohibía a cualquier individuo (es decir, misionero) sobornar a un israelí para que dejara el judaísmo y se convirtiera al cristianismo, ¡con la amenaza de una condena a prisión! (naturalmente, nunca han podido encontrar a alguien a quien condenar por este «delito»).

Desde el primer ministro hasta el barrendero, los israelíes creían que los misioneros ayudaban a los judíos a abandonar el país, con el fin de alejarlos de sus familias y de la herencia histórica que Dios le había concedido a Israel. Solía compararse a los misioneros con los nazis: ellos exterminaron físicamente al pueblo judío, mientras que los misioneros intentaban «terminar el trabajo» al exterminarlo espiritualmente. Un periódico llamó al judaísmo mesiánico una «enfermedad social». En otro artículo, un periodista hablaba de cómo «los judíos mesiánicos y las prostitutas» infestaban el Estado. En los años 70 y 80, leímos decenas y decenas de artículos que advertían sobre el peligro de los israelíes que creían en Yeshúa el Mesías.

Obviamente, desde el punto de vista de un creyente israelí nacido de nuevo, ¿qué acusación podría ser más absurda? ¿Qué clase de «converso» sería una persona que cambia su religión por el dinero? Nuestra Biblia interpela al pueblo judío, no a cambiar nuestra religión, sino a pedirle a Dios que cambie nuestros corazones, de uno de piedra a uno de carne, para conocer a nuestro Dios, adorarlo y comunicarnos personalmente con Él, como hicieron los israelitas en la Biblia.

Estaba claro que esta acusación de nuestro alcalde, que no tenía ninguna entidad, simplemente reforzaba entre el público estas falsas creencias. Así que, tras orar y plantear la problemática a nuestra congregación, presentamos una demanda contra el alcalde de Ramat Hasharon, Moshe Verbin, por calumnias maliciosas y perjudiciales.

Dado que la Declaración de Libertad de Israel garantiza la libertad de religión, insistimos en que tenemos derecho a hablar públicamente de nuestra fe en Dios, igual que un judío ortodoxo tiene derecho a hablar de la suya. Tenemos derecho a existir. Por eso, seguimos ejerciendo tal derecho, con ética y delicadeza, pero a su vez con firmeza. Y le pedimos al alcalde Verbin que se disculpara de manera pública por sus falsas acusaciones y que pagara nuestras costas judiciales.

El alcalde, entre risas, les respondió a los periodistas que no se disculparía ni pagaría por daños y perjuicios. Agregó que estaba seguro de que retiraríamos nuestra demanda. Ningún judío mesiánico se había enfrentado antes a una calumnia tan «aceptada», y ellos no podían creer que nosotros nos atreviéramos. Sin embargo, una vez más, contratamos a uno de los mejores abogados de derechos civiles de Israel, conocido por su lucha para asegurar la libertad de religión en este país.

Carteles de Moshe Verbin como candidato a la alcaldía de Ramat Hasharon

Caso resuelto extrajudicialmente

El caso continuó durante unos dos años y medio con muchos giros y sorpresas. Al final, el 11 de mayo de 1987, se llegó a un acuerdo con el alcalde Verbin para que escribiera una «disculpa».

Entre los titulares de nuestro periódico local Tsomet Hasharon, se leía: «Se llegó a un acuerdo: Verbin aclarará que los judíos mesiánicos, Ari y Shira Sorko-Ram, tienen derecho a ser fieles a su fe y a publicitarla en el marco de la ley».

Su disculpa incluyó el negar haber hecho declaraciones que implicaban que utilizábamos métodos ilegales para «convertir» a niños y ancianos. Además, aclaró que no veía con buenos ojos nuestras actividades y que, en su opinión, «los judíos mesiánicos se han alejado de la comunidad de Israel». Nosotros, por nuestra parte, retiramos nuestras acusaciones de calumnia después de que él accediera a incluir una nota que habíamos escrito acerca de la forma en que veíamos nuestra fe como judíos mesiánicos.

Verbin accedió a publicar esta «aclaración» pese a soportar una fuerte presión por parte de los partidos políticos religiosos de Jerusalén que buscaban que no «cediera». Lo suyo fue un comportamiento valiente ya que las facciones religiosas fueron quienes lo empujaron a hacer tales acusaciones en primer lugar.

Los noticieros nacionales transmitieron el acuerdo en sus programas, y los creyentes de todo el país se alegraron de que, por primera vez, alguien se enfrentara a este tipo de publicidad ofensiva y difamatoria contra los creyentes. Un reportero israelí de una agencia nacional, él mismo creyente, ¡dijo que no podía creer lo que veían sus ojos cuando la noticia llegó a su teletipo!

Impulsados por nuestra victoria, varios otros judíos mesiánicos presentaron órdenes judiciales a fin de impugnar las investigaciones policiales sobre acoso que surgían de acusaciones falsas. Desafiar a personas influyentes fue una larga guerra psicológica, pero sabíamos que las ramificaciones a largo plazo harían que el esfuerzo valiera la pena. Junto con la creciente comunidad de judíos mesiánicos en Israel, estábamos paso a paso liberando a la cultura de una falsa narrativa que nos retrataba como una secta y como enemigos del Estado. Poco a poco, fuimos ganando terreno con la verdad de lo que realmente somos y la razón por la que tenemos derecho a existir en Israel.

Algunos meses después, sonó el timbre de nuestra puerta, y allí estaba el alcalde Moshe Verbin. Quería conocernos, saber en qué creíamos y por qué lo hacíamos. Vino a nuestra casa varias veces ¡y nos hicimos buenos amigos!

Continuará el próximo mes…

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