Noam durante su servicio en la Brigada Givati
Boletín de Maoz Israel agosto 2021

Diamantes camuflados

Desde soldados solitarios, pasando por discapacitados, hasta judíos religiosos que buscan una salida de su restrictiva comunidad, las FDI son un centro único de oportunidades y destino. A continuación, te presentamos un poco de lo que se nos permitió compartir de sus historias.


Shani Ferguson
Por Shani Ferguson
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Aunque es comprensible que gran parte de lo que sucede en el ejército no se comparta con el público, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) son uno de los sectores más singulares de la sociedad israelí. Como la mayoría de los civiles de Israel pasan y dedican años de su vida a servir en ellas, se reúnen en unidades muchos tipos de personas que, de otro modo, nunca se cruzarían. Desde soldados solitarios, pasando por discapacitados, hasta judíos religiosos que buscan una salida de su restrictiva comunidad, las FDI son un centro único de oportunidades y destino. A continuación, te presentamos un poco de lo que se nos permitió compartir de sus historias.

Yendo solo – Noam*

Entre esta mezcla única de seres humanos, se encuentran decenas de miles de soldados israelíes solitarios. Este tipo de soldados no son necesariamente huérfanos. Un soldado se califica como «solitario» cuando no tiene familia en Israel y, por lo tanto, ningún sistema de apoyo fuera del ejército. Estos soldados reciben beneficios especiales de las FDI a fin de tratar de aliviar algunas de las dificultades de tener que servir a su país a tiempo completo y a la vez seguir a cargo de su vida «civil» cien por ciento por su cuenta cuando están fuera de servicio.

Fue al enterarme de que mi profesor de historia había estado entre los siete asesinados en un kibutz por un terrorista cuando se sembraron las primeras semillas en mi corazón: que al ser reclutado en las FDI, sería en una unidad de combate. Por aquel entonces estaba en el instituto. En un internado, para ser más preciso. A los quince años, me había mudado a Israel solo, sin nadie. Era el segundo año que llevaba viviendo sin mi familia en un país nuevo y no había forma de amortiguar el creciente apego que estaba experimentando por mi antigua patria.

Cuando cumplí dieciocho años, me gradué e hice efectiva mi Aliyá (inmigración a Israel). Este país tiene por costumbre darles a los nuevos inmigrantes algunos años para que se adapten antes de alistarse en el ejército, pero a mí no me interesaba esperar. Así que, le pedí a un amigo que me ayudara a escribir una carta a las FDI para informarles que estaba dispuesto a alistarme inmediatamente. Me asignaron a la Brigada Givati, el equivalente israelí a los marines estadounidenses. Y, como no tenía familia en el país, me clasificaron como soldado solitario.

Mientras asistí al internado israelí, estudié junto a muchos judíos de otras partes del mundo. Sin embargo, nada podría haberme preparado para la diversidad que encontraría al llegar al campamento de entrenamiento. Había israelíes de Marruecos, Etiopía y Yemen. También había drusos e incluso un libanés cuya familia era aliada de Israel. Sabía que todos estábamos en el mismo equipo, pero aun así me parecía que culturalmente éramos de mundos distintos. Yo era ucraniano y apenas tenía un par de años de experiencia en Israel. Ellos, en cambio, habían estado aquí la mayor parte de su vida, por no decir toda, y aun así conservaban los remanentes culturales que habían dejado atrás.

Al principio, pensé que los ejercicios eran bastante fáciles: correr, escalar, arrastrarse, hacer flexiones y levantarse temprano para hacerlo todo de nuevo. Luego, nos arrojaron al desierto y nos dejaron allí para que aprendiéramos a subsistir. Fue extremadamente difícil, y más de una vez me pregunté en qué me había metido, pero sobrevivir juntos a esas dificultades fue lo que nos convirtió en una unidad muy cercana, como hermanos.

Pese a esto, yo era diferente a ellos: era un soldado solitario. Los fines de semana, ellos volvían a casa con sus familias, un armario lleno de ropa limpia y platos de comida caliente. Yo, en cambio, volvía a casa a un estudio vacío que había alquilado, me preparaba la comida, limpiaba, lavaba la ropa y hacía la maleta para las dos o tres semanas que iba a estar fuera. A pesar de la gran diferencia en el estilo de vida, en ese momento no sentía que me estaba perdiendo nada porque no conocía otra cosa.

Irónicamente, sólo experimenté la vida de modo diferente cuando me castigaron por ausentarme sin permiso. Había salido de la base sin permiso ya que debía pagar en efectivo la factura del teléfono móvil. Era simple, no tenía a nadie en el exterior que pudiera depositar el dinero en mi cuenta y me preocupaba que el banco la bloqueara. Si eso ocurría, no habría tenido forma de comprar comida cuando volviera a casa.

Este suceso hizo que mis amigos se fijaran más en cuán «solo» estaba. Se llevaron mi ropa sucia a sus casas para lavarla y me trajeron todo tipo de productos del hogar. Sabían que no me había escapado para causar problemas, entonces todos se sentían mal porque yo había estado confinado en la base durante 40 días. En verdad agradecía la ayuda y solía ofrecerme a quedarme en la base durante los fines de semana para que mis amigos pudieran asistir a bodas o funerales. Al fin y al cabo, tenían motivos importantes para volver a sus hogares.

Soldados de las FDI en un entrenamiento en combate urbano
Créditos: Shutterstock/Yakov Aflalo

Con Dios de nuestro lado

Ser un soldado solitario suele significar sobrellevar por mi cuenta la rutina diaria, pero no significa que esté solo. Para los israelíes, la necesidad de que Dios sea nuestro refugio no es algo figurado. Estamos bajo una amenaza constante y realmente necesitamos que Él nos proteja. Más aún cuando estamos en el campo de batalla, necesitar que Él vaya delante de nosotros y pelee nuestras batallas es una oración muy real.

Estábamos destinados cerca de Gaza durante nuestra formación avanzada cuando se desató un conflicto. Como éramos novatos, tan solo llevábamos ocho meses de formación, nuestros comandantes nos enviaron a evacuar a los heridos. Si bien no era un trabajo peligroso, nos enfrentó a la realidad de la guerra. Cuando estalló la Operación Plomo Fundido, fuimos de los primeros en ser enviados.

Combatir al grupo militante Hamás y a la Yihad Islámica es complicado porque actúan a propósito en zonas residenciales a sabiendas de que Israel hará todo lo posible por evitar víctimas civiles. Durante una operación terrestre, entramos en una zona residencial desierta y pasamos la noche en el edificio de una escuela (estaba desierta porque días antes habíamos advertido a la población civil a través de llamadas telefónicas y panfletos que evacuara el bastión de Hamás).

A la mañana, un par de nuestros soldados se encontraron con un cable que pasaba por debajo de la escuela; siguieron el cable hasta un zoológico cercano y lo encontraron conectado a un detonador. Junto al detonador había un colchón, algunas mantas, ropa y refrigerios. No había dudas de que alguien había estado allí hacía poco con la intención de hacer estallar los explosivos en la escuela mientras los soldados dormían. Más tarde nos enteramos, tras una investigación, de que todo el edificio escolar había sido objeto de trampas explosivas cuando se construyó. Esto significaba que los niños de Gaza habían asistido habitualmente a una escuela con explosivos incrustados en los cimientos mientras los combatientes del grupo militante Hamás esperaban la oportunidad de un día dejar caer el edificio de varios niveles sobre un pelotón de soldados israelíes desprevenidos. Lo que nadie fue capaz de entender es por qué, si Israel anunciaba literalmente que el ejército llegaría a esa zona, la persona que debía apretar el botón no lo hizo. Sin embargo, no tengo ningún problema en creer que Dios tuvo algo que ver en que el terrorista no estuviera dispuesto a llevar a cabo esta tarea que sin dificultad habría acabado con cientos de nosotros.

* Todos los nombres se modificaron por motivos de seguridad

Soldado de las FDI en un entrenamiento de campo
Créditos: Shutterstock/Dmitry Pistrov

Los tesoros mejor guardados – Yaniv

La capacidad de las FDI para reconocer los tesoros mejor guardados dentro de su población con necesidades especiales le ha dado una ventaja sobre otros países más grandes y más ricos. Un gran ejemplo es la unidad 9900 de Israel, formada en su totalidad por soldados con autismo altamente funcional, que también ha demostrado ser una herramienta valiosísima para pensar de forma innovadora con relación a la ciberguerra y para, durante la vigilancia, darse cuenta de cosas que otras personas, y máquinas, pasarían por alto.

Yaniv tiene parálisis cerebral y presenta una discapacidad auditiva. Encontrar en Israel un trabajo de calidad con esas limitaciones físicas sería, como mínimo, difícil. Y, no obstante, en las Fuerzas Aéreas no solo encontró aceptación, sino también un lugar donde brillar y contribuir a su país con sus dotes en la administración.

Todo comenzó cuando el ejército le otorgó a Yaniv, «debido a una discapacidad física grave», una exención estándar del servicio obligatorio que todo israelí debe cumplir. Él no la aceptó; quería servir. Después de enviar una carta en la que se ofrecía a alistarse de todos modos, las FDI le realizaron pruebas en las que obtuvo una puntuación muy alta en el área de administración, entre otras cosas.

A pesar de que su condición le hubiera dado privilegios específicos, insistió en vivir como cualquier otro soldado: trabajando muchas horas y durmiendo en la base. Yaniv explicó: «Las Fuerzas Aéreas no sólo me entrenaron para que me encargara de analizar los datos posteriores a los vuelos y las operaciones, sino que confiaron en mí para que tomara decisiones sobre mis hallazgos». Tras dominar esta tarea a la perfección, él creyó que podía hacer más, y sus superiores estuvieron de acuerdo. Juntos trabajaron para que Yaniv entrara en un curso de formación de oficiales dirigido a soldados con necesidades especiales. En la actualidad, él es un oficial académico y forma a otros soldados.

Yaniv no es el único que se destaca pese a sus limitaciones. Cuando el corazón está para servir, el marco para lograr que cada soldado desarrolle sus habilidades está bien diseñado. Su gratitud por el escuadrón que cambió el curso de su vida continúa hoy en día. Y cuando estalló la última Operación Guardián de los Muros, Yaniv completó su servicio diurno en la academia militar y se ofreció a pasar las noches en la base de las Fuerzas Aéreas junto con su escuadrón.

Yissachar Ruas – cortesía de la Fuerza Aérea Israelí

Libre para servir – Benjamín

Para muchos del mundo ultraortodoxo, el ejército es un lugar prohibido. Los partidos políticos religiosos hicieron todo lo posible para «proteger» a su comunidad del servicio obligatorio que expondría a su gente al mundo secular. Y, sin embargo, los que tomaron la decisión de servir de igual manera descubrieron con frecuencia que su período en el ejército es un lugar inclusivo para desarrollarse de un modo que no es necesariamente hostil a sus prácticas religiosas como se les había enseñado.

Me crie en una familia ultrarreligiosa. Estudié la Torá desde muy joven, pero en el primer ciclo de secundaria decidí que no me gustaba la presión de creer en lo que enseñaban; quería decidir por mi cuenta en qué creer. Mi madre estaba muy enfadada con mi decisión de dejar los estudios de la Torá, y nos peleábamos casi a diario por este motivo. Mi padre hizo que mis estudios no fueran un problema porque su negocio tenía problemas y necesitaba mi ayuda.

Las cosas en casa estaban tan mal que solía quedarme dormido en el trabajo. Cuanto peor iba el negocio de mi padre, más nos maltrataba. Al final, se declaró en quiebra, y perdimos nuestra casa. Poco después, mis padres se divorciaron. Mi padre se fue del país, encontró una novia y abandonó a mi madre, quien tuvo que criar sola a mis hermanos pequeños.

Aunque las familias ultrarreligiosas como la mía no suelen tener nada que ver con el servicio militar, yo sentía que quería servir a mi país. Encontré un curso premilitar que me ayudó a entrar en la senda que quería en las FDI. Al principio, no estaba seguro de poder llevarlo a cabo porque yo era mi única fuente de apoyo. Tenía que estudiar durante el día y luego trabajar hasta tarde por la noche.

Al final, lo hice para escapar de todo lo que conocía de la vida en Jerusalén, pero quería escapar hacia algo que fuera significativo. Como me había ido de casa antes de terminar el instituto y mi familia no aceptaba que yo estuviera en el ejército, una vez que me alisté me clasificaron como un soldado solitario. Con el tiempo, completé mi formación como técnico de las Fuerzas Aéreas. Cuando veo a nuestros aviones despegar en misiones que protegen nuestra patria, sé que nosotros, los técnicos en tierra, somos una parte vital de todo lo que ocurre allí arriba. Me produce una gran satisfacción que, después de haber vivido toda mi vida en esta tierra, haya encontrado en Israel un rincón al que pertenezco.

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