Ari inspeccionando las casas destruidas por los misiles Scud a unos kilómetros del Centro Maoz.
Maoz Israel Report April 2021

La guerra, los inmigrantes y el centro de formación

Cómo empezó todo - Parte 4

"¡Ayal, despierta!" Mis súplicas y sacudidas ni lo inmutaron hasta que se escuchó la primera explosión. Al instante, Ayal salió corriendo de su cama directo al cuarto de Shani, ya que era la habitación que habíamos designado como la «habitación segura», y se colocó su máscara antigás y traje de protección. Como hacía bastante que habíamos sellado la única ventana de la habitación, Ari solo debió cerrar la puerta y pegarle plástico en el marco. Entonces, los seis junto con nuestro perro, nos quedamos sentados a la espera de recibir instrucciones a través de la radio o de la televisión en caso de ataque.


Shira Sorko-Ram
Por Shira Sorko-Ram
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Cuando partimos rumbo a los Estados Unidos en busca de ayuda para los graves problemas de aprendizaje de nuestro hijo, nuestra congregación de más de cien israelíes en un suburbio de Tel Aviv estaba fuerte y llena de vida. Desde la sala de reuniones hasta las oficinas administrativas y las aulas de Shabat de los niños, algo estaba sucediendo en cada centímetro cuadrado del Centro Maoz que habíamos construido.

Dos años después, cuando volvimos, el inmueble permanecía vacío. El arca vacía (gabinete) donde se había guardado el rollo de la Torá y un centenar de sillas apiladas en un rincón del sótano donde se había formado la congregación eran la única evidencia de que allí alguna vez hubo actividad. No quedaba mucho por hacer, excepto mudarnos al piso de arriba, por el momento, hasta que decidiéramos nuestro próximo movimiento.

Habíamos regresado durante el verano de 1990 para poder tener tiempo de instalarnos antes de que nuestro hijo Ayal y nuestra hija Shani comenzaran el nuevo año escolar. Sin embargo, para septiembre, se habían comenzado a gestar tres sucesos significativos que harían del siguiente año uno de los más duros a nivel emocional y más estimulantes a nivel espiritual que viviríamos en Israel.

En el momento de más actividad del Centro Maoz, durante los años 80, la habitación de invitados de Ari y Shira se convirtió en la oficina, y los Sorko-Ram se mudaron a un apartamento del centro comercial, al otro lado de la ciudad.

La guerra del Golfo

Al mes de volver a Israel, Saddam Hussein invadió Kuwait. Treinta y cinco países, bajo el liderazgo de Estados Unidos, se enfrentaron a Saddam; y para mediados de enero, Kuwait recobró su libertad. No obstante, cuando se declaró la victoria, nadie en Israel suspiró aliviado. Saddam había hecho demasiadas amenazas respecto a borrar a nuestra nación del mapa con su «madre de todas las guerras» y cosas por el estilo. Israel distribuyó máscaras antigás entre sus habitantes, y las familias realizaban sus propios simulacros privados con sus hijos para asegurarse de que todos sabían qué hacer en caso de un ataque. Intentábamos que fuera divertido para los niños y medíamos con un cronómetro cuánto tardaban. Así, para cuando nos atacaran de verdad, podrían pasar de estar jugando a estar ya vestidos en cuestión de dos minutos.

El 18 de enero a las 2:15 de la mañana, impactaron los primeros misiles Scud en Tel Aviv. Nos despertaron los chillidos de las sirenas. Como habíamos acordado, Ari fue directamente a la puerta principal para dejar entrar a una pareja de ancianos que vivía en la calle, y yo fui a despertar a Ayal. Nuestro hijo, que cuando estaba despierto era un torbellino de energía, dormía muy profundo.

¡Ayal, despierta! Mis súplicas y sacudidas ni lo inmutaron hasta que se escuchó la primera explosión. Al instante, Ayal salió corriendo de su cama directo al cuarto de Shani, ya que era la habitación que habíamos designado como la «habitación segura», y se colocó su máscara antigás y traje de protección. Como hacía bastante que habíamos sellado la única ventana de la habitación, Ari solo debió cerrar la puerta y pegarle plástico en el marco. Entonces, los seis junto con nuestro perro, nos quedamos sentados a la espera de recibir instrucciones a través de la radio o de la televisión en caso de ataque.

Shani se quedó dormida durante uno de los ataques. Su perro también consiguió descansar gracias a su «máscara antigás» improvisada con un paño húmedo y bicarbonato de sodio, tal como recomendó el gobierno.

Pasaron al menos treinta minutos para el infarto antes de que las emisoras de televisión y radio se organizaran y cambiaran la programación habitual. Finalmente, la reconfortante voz de Nachman Shai, un vocero de las fuerzas armadas que casi nadie conocía, salió al aire para explicar que Israel había sido bombardeado, pero que todo estaba bajo control. En el medio de sus instrucciones aquella noche, la emisora reprodujo horas de canciones populares israelíes sobre el amor a la tierra y a la patria. Cuatro horas después, justo cuando comenzaba a preguntarme cómo sabríamos si los niveles de oxígeno en la habitación se tornaban demasiado bajos, Shai liberó a la nación de sus habitaciones. Las clases, por supuesto, se cancelaron hasta nuevo aviso.

Según los periódicos, tan solo en Tel Aviv, durante este primer ataque de misiles, resultaron dañados o destruidos seiscientos sesenta y ocho inmuebles y mil apartamentos. Sin embargo, la televisión estatal israelí no brindó especificaciones, por lo que Saddam no pudo obtener ninguna «pista» de a dónde lanzar sus próximos misiles.

Aunque los misiles Scud solían lanzarse de noche, los israelíes se llevaban las máscaras antigás a cualquier lugar que fueran. La imprevisibilidad de las sirenas y el hecho de que en algunas zonas estas apenas se oían, tenían a todos sobresaltados cada vez que el motor de una motocicleta hacía ruido o el refrigerador hacía algún sonido extraño. Con el fin de solucionarlo, Israel creó una emisora de radio exclusiva que no pasaba música, sino que solo transmitía sirenas y noticias de emergencia durante los ataques. Aun así, pese al desgaste emocional, los israelíes se adaptaron rápidamente a la nueva normalidad, y los niños se mantenían ocupados decorando las cajas de sus máscaras.

Las máscaras antigás se distribuían en una caja con una correa para que los israelíes pudieran llevarla consigo en todo momento.

Ayal y Shani empezaron a acostarse vestidos, porque era demasiado complicado caber en los trajes antigás con la ropa de dormir. Y, al igual que el resto de los niños del país, aprendieron a dormirse con sus máscaras antigás puestas. La carrera hacia la habitación segura, la colocación de las máscaras y las explosiones de misiles seguidas por el portavoz del ejército Nachman Shai, que calmaba a la nación, se convirtieron en algo habitual de la vida nocturna israelí. En una asombrosa muestra de confianza, los israelíes seguían las instrucciones de Shai al pie de la letra.

Si bien se dice que un total de trece personas murieron de infartos o similares durante los ataques, se cree que tan solo una de ellas fue víctima directa de un misil, lo cual es un milagro si se tiene en cuenta el enorme daño infligido a Israel en esa época. Casi al final de la guerra, un misil voló justo por encima del Centro Maoz y cayó en el mar Mediterráneo, a tres kilómetros de distancia. Pese a que los ataques al país duraron solo seis semanas, dejaron su marca en la cultura. En aquel entonces, nadie tenía la certeza de si y dónde podría volver a comenzar. No importa lo que les dijéramos, Ayal y Shani jamás volvieron a dormir en pijamas.

Lo más singular de este período, no obstante, es cuán abiertos se mostraron los israelíes a escuchar hablar de Dios. Nuestra confianza en el Señor en un momento en el que los israelíes vivían aterrados nos dio esta oportunidad única de compartir sobre Yeshúa con los habitantes de cada lugar al que íbamos. De repente, lo que la gente creía sobre Dios y la vida después de la muerte ocupaba un lugar privilegiado en sus pensamientos. La importancia de este momento era evidente para los creyentes de todo el país, que veían con sus propios ojos cómo sus semejantes se mostraban igual de abiertos.

En la «habitación segura», con amigos que estaban de visita cuando sonaron las sirenas.

Oleada repentina y masiva de inmigrantes

En 1990, la población de Israel, de solo una generación de antigüedad, ¡era de casi cuatro millones! Gran parte de la infraestructura recién comenzaba a desarrollarse, y la vida allí tenía un aire de pueblo; todos tenían este sentimiento de que construir la nación era parte de su destino individual y colectivo.

En los años previos a su caída, la forma en que los soviéticos trataban a los judíos rusos comenzó a acaparar la atención internacional: Hablamos de miles de judíos a los que se les impedía abandonar el país y, a menudo, hasta se los terminaba encarcelando. Entre sus crímenes, se cuentan estudiar hebreo, practicar tradiciones judías o solicitar una visa para emigrar a Israel. Dichas conductas eran vistas como un ataque a la ideología comunista que no tenía en cuenta ningún tipo de creencia religiosa.

Curiosamente, los soviéticos valoraban mucho el gran intelecto, las habilidades y los logros de la población judía. Por eso, tenían un interés particular en prohibirles abandonar su país. Sin embargo, el colapso de la URSS y del “Telón de Acero” liberó a cientos de miles de judíos rusos que, por fin, pudieron cumplir su sueño de venir a la Tierra Prometida.

Fue como el derrumbe de una represa: la filtración comenzó en 1988, y le siguió un flujo en 1989, pero 1990 marcó el principio de la inundación que llegarían a ser novecientos mil judíos y sus respectivas familias en un país con menos de cuatro millones de habitantes.

Con su moneda local devaluada fuera de la antigua Unión Soviética, los judíos rusos no pudieron llevarse ninguna riqueza con ellos. A fin de salvar algunos fondos, compraron artículos populares antes de llegar a Israel para luego venderlos en los mercados beduinos.

Absorción

La cultura de los judíos rusos tenía sus idiosincrasias. A pesar de sus raíces judías, les gustaba el tocino, el vodka y la fiesta Novy God , una variante de la Navidad que, por alguna razón, se celebra en Año Nuevo. Hasta ese momento, los israelíes habían mostrado poco interés en cualquier otra bebida más allá de su tradicional copa de vino al iniciar el Shabat; la carne kosher era, en esencia, lo único que se podía conseguir en el país, y los árboles de Navidad eran solo para los monjes y los sacerdotes que vivían en los monasterios. Cuando, de la nada, uno de cada cinco habitantes de Israel era ruso, la cultura dio un vuelco rotundo de la noche a la mañana.

Los políticos utilizaban las ondas radiales para alentar a los israelíes a que invirtieran en el futuro del país. Decían: «Estamos trayendo a nuestro redil a ingenieros, artistas, médicos y científicos altamente calificados; dentro de unos años, esto será un impulso increíble para nuestra economía y cultura».

No obstante, estos talentosos y altamente calificados médicos, ingenieros y músicos terminaron limpiando pisos, trabajando tras cajas registradoras o siendo recogedores de basura. En aquellos días, las calles estaban repletas de personas muy calificadas pero sin hogar. Los israelíes vieron surgir un nuevo fenómeno, el de escuchar tocar a músicos extremadamente talentosos en las calles de nuestras ciudades a cambio de una moneda. El mayor desafío para que esta generación pudiera desempeñarse en sus áreas de especialización fue la barrera idiomática.

En esa época, Israel no tenía un estilo de vida lujoso. Una gran cantidad de israelíes vivía en pueblitos o en comunidades colectivas llamadas kibutzim (imagina algo así como una forma de «comunismo voluntario» que era eficaz a la hora de ayudar a que los israelíes establecieran comunidades). El lema «Si das de corazón todo lo que puedes, recibes lo que necesitas» funciona cuando todo el mundo está en modo de supervivencia. Pese a esta existencia humilde, todos se las ingeniaron para encontrar un lugar decente al cual llamar hogar.

Los ciudadanos israelíes no fueron indiferentes. Se invirtió mucho tiempo en planificar un nuevo año escolar para veinte mil nuevos estudiantes. Miles de israelíes se registraron para rentar habitaciones a las nuevas familias de inmigrantes. Cada idea que se les ocurría, se discutía, incluida aquella de colocar tiendas y remolques en los tejados de los edificios residenciales y comerciales para que los recién llegados tuvieran acceso a los servicios públicos. Se trataba en verdad de un esfuerzo colectivo, e incluso los líderes del gobierno que poseían tierras dispusieron que los remolques se ubicaran en sus propiedades a fin de ayudar a albergar familias.

Aun así, no era suficiente. No solo era el hospedaje, también había cuestiones de empleo. Una cosa era albergar desde lo logístico a veinte personas en un apartamento de tres habitaciones, y otra era alimentarlas. Nos hacía preguntarnos qué tan horrible fue la vida en la URSS para que esta alternativa les pareciera aceptable. Aunque el comienzo fue un poco accidentado, lo que los líderes israelíes dijeron fue cierto. A los pocos años, estos inmigrantes altamente calificados fueron vitales para el auge médico y tecnológico de Israel a partir de finales de los 90.

La parte más fascinante de la inmigración rusa es, tal vez, que ocurrió mientras Irak le lanzaba misiles a Israel. A pesar de las complicaciones, toda la experiencia dio verdadero significado a los versículos en Jeremías e Isaías:

«Ahora serás demasiado pequeña para tus moradores […] Los hijos que dabas por perdidos todavía te dirán al oído: “Este sitio es demasiado pequeño para mí; hazme lugar para poder vivir aquí”»

Isaías 49:19 – 20

Un gran número de judíos inmigrantes llegaron a la fe a través de un repentino derramamiento del Espíritu de Dios cuando todavía formaban parte de la antigua Unión Soviética. Algunos hombres, como el rabino Jonathan Bernis, organizaban multitudinarios conciertos de música mesiánica con un simple mensaje del Evangelio que hizo que miles de judíos rusos llegaran a la fe. Y, como a la mayoría de los judíos de Rusia no se los había adoctrinado para que odiaran o temieran a Yeshúa el Mesías, muchos de ellos llegaron a la fe aquí en Israel cuando experimentaron en persona el mensaje de Yeshúa.

En la actualidad, existen muchas congregaciones de judíos mesiánicos rusos a lo largo de todo el país. Tuvimos el placer de caminar al lado de algunos de estos pastores y lograr que se inscriban en cursos de idiomas a fin de que puedan seguir cumpliendo un rol importante para los niños hebreos de sus congregaciones. A medida que la segunda generación asume el liderazgo, estas congregaciones están pasando de ser congregaciones de lengua rusa a realizar sus servicios en hebreo.

Aunque se retrasó unos meses por culpa de la guerra, Ayal y Shani celebraron su Bar y Bat Mitzvah a principios del verano de 1991. De todas las cosas que sucedieron durante la celebración, lo que más emocionó a quienes conocían las dificultades de aprendizaje de Ayal ¡fue verlo leer su parte de la Torá!
Lee más sobre esto en Cómo empezó todo – Parte 3 (marzo de 2021).

El centro de formación en Jerusalén

Ya de regreso en Israel para empezar casi de cero con relación al ministerio, una vez más pusimos nuestra mirada en el Cuerpo de creyentes a nivel nacional. Como pioneros, la pregunta que nos hacíamos no era necesariamente ¿Qué podemos hacer que se nos dé bien?, sino en cambio ¿Qué es lo que más necesita nuestro país en esta etapa?

La carga de tener que llegar a los israelíes se sentía abrumadora en ocasiones. Ellos no conocían nada de Yeshúa. Les habían contado tantas cosas falsas sobre Él durante tantos siglos. ¡Era imperioso que escucharán hablar de Él! Sin embargo, ambos sabíamos que si no había suficientes líderes para ocuparse de los nuevos creyentes e instruirlos, uno de los efectos a largo plazo podría ser masas de israelíes que llegaran a la fe para luego abandonarla.

La idea de formar líderes no me resultaba extraña. Mi padre, Gordon Lindsay, había comprado una propiedad en el Monte de los Olivos con el sueño de utilizarla para formar a los israelíes, y así ayudarlos a que pudieran llegar a su propio pueblo. Cuando una familia árabe robó esa propiedad, mi madre, Freda, recaudó los fondos necesarios, partió rumbo a Israel y compró otra propiedad; así de importante era la visión de formar a futuros líderes israelíes.

Para finales de 1991, con los restos de la congregación fallida todavía rondándonos, varios de nuestros amigos íntimos, incluidos Barry y Batya Segal, nos impulsaron a mudarnos a Jerusalén. Nos dijeron: «Su familia se la pasa mudándose de un apartamento a otro; necesitan su propio lugar. Hay muchos creyentes en Jerusalén. Pueden poner en marcha una escuela de discipulado, y cuando vengan visitantes de otros países, les será más fácil contactarlos y ver lo que Dios está haciendo en la tierra».

No fue una decisión para nada fácil, pero era una posibilidad. Como acabábamos de regresar aquí, nuestros hijos adolescentes tuvieron que volver a adaptarse a su idioma materno y a la cultura mayoritariamente atea (después de haber estado rodeados de creyentes durante dos años). Apenas llevábamos un año en el país, y ahora decidíamos mudarnos otra vez. A Ayal le costó aceptarlo, pero Shani, que recién había sido aceptada en un programa deportivo nacional especializado, lloró durante unos seis meses mientras se ultimaron los detalles.

Ser pionero suele sonar glamoroso a posteriori, pero en realidad se trata más bien de trazar un camino hasta que ya no se puede seguir en esa dirección. Entonces, debes retroceder un poco para trazar uno nuevo. Si bien te vas acercando cada vez más a tu meta, también encuentras muchos callejones sin salida. Aprendes muchas lecciones valiosas en el proceso, así que incluso los callejones sin salida suelen valer el sufrimiento, tan solo por la experiencia que al final ganas.

Impulsar un centro de formación en Jerusalén era uno de estos tipos de camino. Pusimos cinco mil dólares de nuestros ahorros personales para el pago inicial de una casa propia en Mevaseret Sion (una ciudad a unos 10 minutos de Jerusalén). Mientras la propiedad estaba en su etapa inicial de construcción, nos juntamos con algunos de nuestros amigos y le dedicamos los cimientos de la casa al Señor.

Una vez que consiguiéramos vender el Centro Maoz en Ramat Hasharon, planificamos hacer el pago inicial para un pequeño hotel en Jerusalén al que podríamos convertir en un centro de formación. Teníamos la energía y la pasión para enseñar día y noche. Se trataba de construir el Reino de Dios en uno de los períodos más significativos en la historia antigua de Israel. Formaríamos líderes que luego serían liberados para hacer lo que Dios les llamó a hacer, sin ataduras.

¡Jerusalén, Jerusalén!

No obstante, había habitantes de Jerusalén que tenían sus propios planes. Los judíos ortodoxos que no le perdían pisada al Boletín Maoz Israel se enteraron de nuestros planes y lanzaron una pequeña cruzada para «detener a los Sorko-Ram». Según lo que decían los artículos de los periódicos locales, los ultraortodoxos usaron sus conexiones para advertir a la gente del municipio y a otras personas del gobierno local, con el fin de asegurarse de que nada con el nombre de Sorko-Ram o Maoz pasara por ningún comité de compras o permisos. En un momento, los miembros de la Knéset hasta debatieron públicamente nuestro movimiento, tal como se grabó en la televisión.

Cuando los ultraortodoxos supieron dónde quedaba nuestra flamante casa, recorrieron uno por uno los vecindarios para contarles a los vecinos historias horribles sobre lo que la «pareja de misioneros» les haría si le permitían mudarse allí. Aquellos israelíes que no nos conocían o jamás habían escuchado hablar de nosotros estaban aterrados. Nos amenazaron con hacer volar por los aires nuestra nueva casa. El contratista nos imploró finalizar su contrato; con mucho gusto nos devolvería todo lo pagado hasta la fecha. La resistencia no era divertida, pero tampoco intimidante. No era la primera vez que habían intentado colocar una bomba en nuestro hogar. Seguiríamos adelante.

Entonces, para nuestra sorpresa, la venta del Centro Maoz en Ramat Hasharon no prosperó. Unas noches más tarde, tuve un sueño vívido en el que el Señor me indicó que no debíamos mudarnos. Cuando me desperté, Ari recibió una llamada del agente de bienes raíces con una propuesta concreta de un comprador. Al haber escuchado mi sueño, Ari le informó que la casa ya no estaba en venta.

Mientras tanto, a nuestros buenos amigos Barry y Batya Segal, que habían comprado una casa justo al lado de la nuestra en Jerusalén, les comunicaron que esa casa tenía serios problemas estructurales; las noticias no pudieron haber llegado en un mejor momento. Cancelamos nuestro contrato, y el contratista transfirió aquella casa que le habíamos dedicado al Señor a los Segal.

Habíamos orado y avanzado en la fe. Al final, todo estuvo claro: el Señor quería que nos quedáramos en la zona de Tel Aviv. Los fondos que habíamos recaudado ni se acercaban a lo que Maoz necesitaba para crear una escuela de formación de líderes, así que acudimos al Señor para que nos mostrara otras maneras de hacer crecer su Reino. Por supuesto, la meta jamás podía ser una propiedad; la propiedad era solo un medio. La meta eran líderes maduros que pudieran guiar y formar a jóvenes creyentes en la fe en el Señor. Ahora era el momento de retroceder un poco para poder volver a avanzar.

Continuará el próximo mes…

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