Ari y Shira el día de su casamiento
Boletín de Maoz Israel enero 2021

Cómo empezó todo

Cómo empezó todo (Parte 1)

"Tenía 19 años cuando me encontré cara a cara con las enormes piedras del Muro de las Lamentaciones. Había hecho una gira con mis padres y varios otros ministros conocidos. Uno de estos ministros, que era conocido por su audacia, se volvió a la pared y comenzó a orar. "¡No, no, no!" el guía local susurró presa del pánico. Nos arrestarán si rezas".


Shira Sorko-Ram
Por Shira Sorko-Ram
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Tenía diecinueve años cuando me crucé por primera vez cara a cara con las enormes rocas del Muro de los Lamentos. Corría el año 1959 cuando Jerusalén Este aún seguía en manos de los jordanos. Había venido en un tour con mis padres y varios ministros famosos. Uno de estos ministros, quien era conocido por su audacia, se giró hacia el muro y comenzó a orar. El guía del lugar entró en pánico y le suspiró: «¡No, no, no! Nos arrestarán si se pone a orar».  

Los jordanos se habían adueñado de toda Judea y Samaria durante el vacío de poder que se había dado cuando los británicos abandonaron la zona e Israel declaró su independencia. Entre 1948 y 1967, la libertad religiosa existía solo para los musulmanes. Ningún judío tenía permitido entrar en la Ciudad Vieja de Jerusalén, así como tampoco se permitía ninguna plegaria al Dios de Israel en el Muro de los Lamentos.   

Es curioso, las cosas que uno recuerda. Recuerdo que nevaba y que llevaba puestas sandalias. Recuerdo lo estrecho que parecía el callejón en el que nos paramos frente al muro porque se habían construido casas algo desvencijadas a metros del mismísimo muro. Recuerdo los callejones y los sucios caminos oscuros. Autobuses antiguos circulaban por la calle principal, y algunos burros fatigados marchaban a los lados.

En 1967, planeamos una excursión para regresar a Jerusalén, pero de un día para el otro, nos enteramos de que Egipto, Jordania y Siria habían atacado Israel. No podíamos despegarnos de la radio mientras escuchábamos cada una hora las últimas novedades sobre lo que estaba sucediendo. Al tercer día, comenzamos a escuchar cosas increíbles: Israel se había apoderado de la Ciudad Vieja, ¡con el Muro de los Lamentos incluido! Al quinto y sexto día, habían hecho retroceder a Siria más allá de los Altos del Golán. En seis días, la guerra había terminado.

Me atrevería a decir que no hubo un solo israelí que aquel lunes se haya despertado con la idea de que para el sábado podrían orar en el muro exterior occidental de su antiguo Templo. Ni uno solo, quizás, excepto una mujer llamada Naomi Shemer quien, un mes antes de que Jerusalén fuera liberada, lanzó lo que luego se convertiría en una canción icónica de nombre Jerusalén de oro. La canción habla de viajar al mar Muerto a través de Jerusalén Este y cruzando la ciudad de Jericó. No fue la primera vez que escribió una canción profética.

En octubre de ese año, nuestro tour llegó a Israel. Y, tal como lo predijo la canción, nuestro autobús hizo su recorrido por la recién estrenada carretera de Jerusalén a Jericó a lo largo del mar Muerto. Nuestro guía israelí había sido conductor de tanques y había participado en la victoria del Golán. Nos llevó a los lugares de los Altos donde su unidad se había enfrentado con los sirios. Nos mostró uno de los tanques calcinados que había logrado llegar a la frontera de Galilea listo para destruir los pueblos israelíes. Se notaba que todavía era algo muy fresco en su mente mientras describía las maniobras de sus tanques contra los tanques enemigos. Nos contó cómo, en algún momento, los sirios estaban tan abatidos que saltaron de sus tanques y comenzaron a correr de regreso a Siria.

Shira y su padre estuvieron en Egipto como parte de su visita a Israel.

Mi segunda visita al Muro de los Lamentos, que poco después se conoció como el Muro Occidental tras la reunificación de Jerusalén, fue una experiencia completamente diferente de la primera. Israel había eliminado las chozas que obstruían el gran espacio y había creado una gran plaza frente al muro. Este lugar que durante siglos supo ser oscuro y sucio ahora estaba inundado de luz. Hasta los judíos no religiosos dijeron sentir su destino en el aire mientras limpiaban los escombros. El país estaba eufórico. Se decía que estábamos viviendo «los días del Mesías».

Además, había un enorme orgullo por la increíble hazaña de las Fuerzas de Defensa de Israel. Por todos lados, podían verse pegatinas en los parachoques con la leyenda: «Honor a las FDI». El tour había terminado, y nuestro grupo esperó fuera del hotel, ya con las valijas en la mano, a que viniera el autobús. Por alguna razón, se había retrasado, y mientras me sentaba y hablaba con mi padre, él me preguntó: «¿Por qué no filmas un documental acerca de las profecías sobre Israel que finalmente se cumplieron, como lo fue recuperar la Ciudad Vieja de Jerusalén y el sitio del Templo luego de casi dos mil años?».

Mi padre amaba Israel, y yo acababa de terminar un documental en México. Así que, supongo que era algo natural pensar en un proyecto de este tipo. Una mujer a la que respetaba me había dicho muchos años atrás que yo estaba «destinada» a Israel, pero en ese entonces Israel era un país tercermundista y no me generaba ningún interés vivir allí. Sin embargo, su cultura tenía algo especial, en la que niños de entre dieciocho y veintiún años habían luchado una guerra para poder sobrevivir. Estos jóvenes tenían un semblante de solemnidad que no se ve en otros países occidentales. Para cuando llegó el autobús, había decidido quedarme unas semanas más y realizar el documental.

Durante años, hasta 1948, los judíos se amontonaban en el estrecho espacio frente al Muro de los Lamentos para orar.

Debí imaginarme que nada en Israel sucede en unas pocas semanas. Me tomó un año trabajar en el guion. Había tantas profecías y tantas cosas que pasaron a mi alrededor en aquellos meses tras la liberación de Jerusalén. Por fortuna, mi padre era un visionario. El año anterior, había comprado una propiedad en lo que entonces era Jordania, en el monte de los Olivos. Él sabía por las Escrituras que si Yeshúa regresaba al monte de los Olivos, con el tiempo les sería regresado a los judíos.

Comprendió algo de lo que nunca escuché hablar a nadie más en ese momento. Los judíos estaban destinados a recibir a Yeshúa como suyo, como un Mesías judío para el pueblo judío. Soñó con que la propiedad funcionara como un centro de capacitación para que los judíos se acercaran a su propio pueblo. En esa propiedad viví durante mi primer año en Israel.

Era una casa vieja y, cuando llovía, el fuerte viento abría en medio de la noche las persianas metálicas al lado de mi cama. Sin embargo, era algo tan surrealista el levantarme por las mañanas y ver a través de mi ventana el Monte del Templo a unos pocos cientos de metros debajo de mí.

Se convocó a quince contratistas para una misión urgente al final de la Guerra de los Seis Días: demoler las estructuras frente al Muro de los Lamentos justo a tiempo para el Shavuot cuando miles de judíos se congregan a orar. (Dan Hadani)

El monte de los Olivos era silencioso y seguro para todos en 1967. Los árabes todavía seguían conmocionados por su nuevo país. Conocí a varios vecinos árabes en el monte, pero pronto descubrí que mi compañía causaba celos entre ellos. Es decir, si visitaba a una familia, tenía que visitar a las otras también o se enojaban conmigo. Los árabes de la zona habían vivido bajo el control de los británicos durante treinta y un años y luego bajo el de los jordanos durante diecinueve años. Primero, fueron árabes bajo el mandato británico, y luego fueron árabes jordanos. Ahora, se habían convertido en ciudadanos de aquel Estado judío que les habían dicho que era su más feroz enemigo. Conducían sus coches muy educadamente bajo sus nuevos administradores durante esos tiempos.

Yo había estudiado español y francés en la universidad y mientras viví en Europa. Entonces, como amaba los idiomas, decidí estudiar hebreo por unos meses, solo por diversión, mientras continuaba escribiendo el guion de mi documental. Con la llegada de inmigrantes en masa, se abrieron escuelas de hebreo en todas partes y recibieron el nombre de ulpaním. En esta nueva realidad, muchos árabes locales decidieron aprender hebreo también, en especial los comerciantes o funcionarios del pueblo árabe que querían saber hebreo para sus negocios o carreras. En el ulpán, desde un principio, los maestros les hablaban a los alumnos solo en hebreo. La clase siempre estaba llena de gente que venía de todas partes del mundo. Por lo tanto, no había un idioma en común que se pudiera emplear para enseñar. El hebreo era la única opción.

Mi primera maestra, Yonah, había nacido en Israel; su esposo fue uno de los primeros judíos polacos en escapar del Holocausto al esconderse en los bosques de Polonia durante varios años. Ambos habían combatido en la Guerra de la Independencia israelí de 1948 en la que cinco países árabes invadieron a nuestra nación recién establecida. Yonah tenía muchas historias sobre cómo, de forma milagrosa, Dios los había salvado a ella y a su unidad de los enemigos de Israel. Se volvió mi amiga y entonces me presentó al pueblo de Israel.

17 de mayo de 1968: Israel celebró su primer año de una Jerusalén reunificada y también 20 años de independencia con un gran desfile militar por las calles de Jerusalén. (Keystone Press / Alamy Stock Photo)

Pasé unos cuantos meses aprendiendo acerca del país y su cultura. Como el monte de los Olivos era predominantemente una comunidad árabe y yo pasaba la mayoría de mi tiempo con israelíes, no tarde mucho en mudarme al lado oeste de Jerusalén. El Holocausto era algo todavía muy reciente para los israelíes. Muchos de los comerciantes tenían un número de identificación tatuado en sus brazos por los nazis. No querían volver a hablar alemán jamás en su vida, aunque era la lengua materna de muchos de ellos. Jamás compraban autos o productos alemanes. Las pesadillas de los campos de concentración aún eran muy vívidas.

Con una Jerusalén reunificada, la Ciudad Vieja cobró vida. Los israelíes inundaban los callejones y los pequeños pasadizos, a la vez que compraban todo lo que se les cruzara. En el mercado, los árabes locales vendían piezas decorativas orientales de Damasco, alfombras de Pakistán y otras cosas que los israelíes no habían podido comprar antes.

Entre 1967 y 1973, el baile espontáneo de la hora solía verse en todas las grandes ciudades y pequeños pueblos del país. (Oficina de Prensa del Gobierno de Israel)

Una independencia sin igual
Si bien el 14 de mayo es el día internacional de la independencia de Israel, los israelíes celebran su independencia según el calendario judío. Así que, en 1968, este día cayó el 17 de mayo. Esta fue la primera celebración del Día de la Independencia desde que Jerusalén fuera liberada. El país estaba eufórico. Mientras caminaba de mi casa a la Ciudad Vieja, vi a cerca de medio millón de israelíes estallar de emoción al canto de Jerusalén de oro: la canción que se había escrito tan solo un año atrás. La felicidad que se vivía era algo indescriptible. Los israelíes, tanto ortodoxos como seculares, hablaban con total seriedad de que se acercaban los días del Mesías.

La tarde anterior, caminaba por la calle Ben Yehuda y vi a una multitud bailando la hora; eran cuadras y cuadras de gente bailando. Cada pocos metros, en los balcones que daban a las calles, se podía ver a un grupo de músicos con un acordeón y algunas guitarras al son de música israelí. Eran canciones del amor por la tierra: el mar de Galilea, las colinas y las montañas. Campos de trigo y de uvas; flores de manzano, y canciones sobre el Dios que eligió a Israel como su pueblo. También se escuchaban canciones de los valientes soldados que lucharon por su país, pero que no regresaron. La alegría del pueblo israelí aquel primer Día de la Independencia supera todo lo que alguna vez vi o veré.

Mi película: Dry Bones (Huesos secos)
Tras meses de intentar escribir un guion por mi cuenta, me percaté de que las Escrituras ya tenían una historia lista para usar. Cada vez que me crucé con un versículo que hablaba del regreso de los judíos a su patria, de su regreso a Dios y del amor de Dios por su pueblo, lo anoté en una tarjeta de 12 por 18 centímetros. Al final, me encontré con que tenía una pila de tarjetas de casi 30 centímetros de alto. Aunque me llevó casi un año copiarlas y organizarlas, esas Escrituras quedaron grabadas en mi corazón y son parte de mi ADN espiritual que me ha guiado durante estos más de 50 años. Me dieron las bases para entender, al menos en parte, los desarrollos proféticos, tanto en Israel como en los países occidentales.

Instantáneas de la película Dry Bones.

Era 1969 cuando me disponía a empezar a grabar, y Dios me premió con tres artistas israelíes de renombre: Adam Greenberg (que luego fue nominado al Óscar a la mejor fotografía por Terminator 2); Yossi Yadin, un famoso actor israelí, y el famoso conductor Noam Sherrif, que compuso la música para la película. El documental, de nombre Dry Bones, narra la historia de cómo el pueblo judío regresó a su tierra y reconoció al Mesías. Yossi Yadin le comentó a la primera ministra Golda Meir sobre la película, y ella pidió verla. Al final del documental, se sentó reflexiva.

—¿Cuáles versículos corresponden al Tanaj (Antiguo Testamento) y cuáles al Nuevo Testamento? —preguntó.

—Todos pertenecen al Tanaj —respondí.

Estuve más de dos horas visitándola, mostrándole la película y explicándole Isaías 53.

A Shira le interesó la fotografía desde joven y, con el tiempo, comenzó a dirigir documentales.

Durante esa época, conocí a Ehud, el hijo de Eliezer Ben Yehuda, que en aquel entonces tenía unos setenta años. Como todavía no hacía mucho que yo vivía en Israel, no me di cuenta del colosal pionero que fue su padre como una figura central en la resurrección del idioma hebreo que llevaba extinto casi dos mil años. Un padre fundador del Estado moderno de Israel, aunque no vivió lo suficiente para ver su sueño hecho realidad. Hablamos con Ehud acerca de traducir una nueva versión al hebreo del Antiguo Testamento griego. De hecho, trabajó en eso durante unos meses, pero después se detuvo. La idea de ser conocido como el autor de ese Libro era demasiado para él.

Shira se reunió con muchos de los primeros líderes de Israel. En esta foto se encuentra con David Ben Gurion, el primer primer ministro de Israel.

Fue entonces cuando supieron de mí
Un día, recibí una llamada telefónica de una amiga que vivía en la casa del monte de los Olivos. Ella acababa de conocer a Sarah, una jovencita de Inglaterra. Sarah provenía de una familia judía y se había convertido en seguidora de Yeshúa no hacía mucho tiempo. Según sus palabras, Dios le había dicho que inmigrara a Israel. Había muy pocos creyentes judíos mesiánicos en Israel, así que le ofrecí un lugar en mi apartamento ya que tenía una habitación extra. Fuimos compañeras de apartamento durante un año y medio.

Tuve que viajar a los Estados Unidos por algunas semanas para hablarles de Israel a un par de grupos evangélicos. En mi ausencia, un grupo de jóvenes creyentes judíos mesiánicos visitaron Israel durante un viaje. Sarah conoció a uno de ellos y se enamoró. Decidieron casarse y se mudaron a los Estados Unidos. Continuamos siendo amigas hasta la fecha.

Sarah tenía algunos familiares en Jerusalén que eran judíos ultraortodoxos. Cuando se enteraron de su casamiento, se enfurecieron. Como sabían que yo era creyente, me echaron la culpa por su matrimonio. Unos días después de mi regreso a Israel, me encontré en el periódico todo tipo de historias exageradas sobre mí: que era una misionera que iba al Muro de los Lamentos a repartir panfletos o que iba a la Universidad Hebrea de Jerusalén para intentar convertir a los alumnos judíos en cristianos, entre otras. La realidad es que no había pisado el Muro de los Lamentos ni la Universidad en años, pero las historias ya se habían divulgado.

La última foto conocida de Gordon Lindsay, el padre de Shira, en 1973 en la sinagoga de Capernaúm.

Al poco tiempo, escuché una gran explosión fuera de la puerta de mi apartamento en el tercer piso. Alguien había colocado y encendido una bomba molotov en mi puerta. Las escaleras eran la única manera de salir del edificio y estaban envueltas en llamas. Creí que moriría quemada, entonces corrí al teléfono y llamé a la policía. En aproximadamente tres minutos, llegaron los bomberos y apagaron el fuego. Justo en ese momento, un periodista pasaba en auto por allí y se detuvo a ver que sucedía. Le dije que creía que la persona que había hecho eso lo había hecho por mi fe. Así que, le hablé durante un largo rato de mi fe. Al otro día, apareció un artículo destacado en la última página del periódico israelí Yediot Aharonot que se titulaba: «Shira dice que Dios le habla».

Durante los siguientes meses, recibí un flujo constante de visitas que querían saber más acerca de mi fe. Los rabinos tocaban a mi puerta para intentar convencerme de que me retractara. Un alto oficial del ejército me pidió que le explique mi fe. Al final, me dijo: «Examiné su teléfono antes de venir. Creo que está intervenido». Actores, escritores, estudiantes ortodoxos de la universidad, todos vinieron a preguntarme sobre mi fe. Todos los vecinos de mi edificio querían que les hablara de mi creencia, aunque uno de ellos me pidió que me asegurase de no estacionar cerca de su auto por si hacían estallar una bomba en el mío.

Los presentadores de noticias me querían en la radio y en la tv. Me sentía muy sola y no deseaba aparecer por mi cuenta, así que busqué otros creyentes para que me acompañaran. Los creyentes locales estaban demasiado asustados, y con razón. El vehículo de uno de los líderes fue prendido fuego. Sin embargo, me las ingenié para encontrar dos creyentes judíos de los Estados Unidos que se unieron a mí para una entrevista en televisión. Los judíos religiosos oran de los libros de oraciones, así que en un punto, el periodista dijo: «¿Por qué no nos muestras cómo oras tú?». Así que, oré por la primera ministra Golda Meir en tv.

Para alguien como yo que vivía sola, tener gente todo el tiempo en mi puerta era muy atemorizante. De hecho, en marzo de 1973, sentí la imperiosa necesidad de regresar a Dallas y estar con mi familia y completar la película en la que había estado trabajando para Juventud con una Misión. Me dijeron que solo quedaba un boleto de avión para esa semana: miércoles 28 de marzo. Era tan conocida en aquella época que pensé que lo mejor era irme pasando lo más desapercibida posible. Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto, había una periodista esperándome. Le imploré que no le comentara a nadie de mi partida.

La familia Lindsay a mediados de la década de 1960. De izquierda a derecha: Freda (la madre de Shira), Gilbert y Dennis (los hermanos de Shira), Gordon (el padre de Shira) y Shira.

Llegué a Dallas el jueves por la noche. El domingo por la mañana, mi madre se levantó para hablar en un servicio. Mientras llamaba a un estudiante judío para que pasara a dar testimonio, escuchó un ruido a sus espaldas. Mi padre estaba sentado en una silla en el escenario; él exhalo con profundidad y murió.

Todos quedaron conmocionados. Cuando todavía estaba haciendo mi duelo, alguien me envió un artículo de un periódico israelí que decía que me expulsarían del país. Sin duda, la periodista había hablado. Les leí el artículo al personal y a los estudiantes de la escuela bíblica de mis padres, y uno de los guerreros de oración dirigió una fuerte oración al respecto. En Israel jamás se volvió a mencionar la cuestión.

El 6 de octubre de 1973, Siria, Jordania y Egipto invadieron Israel en un terrible ataque sorpresa. Esa guerra marcó el fin de los seis años de euforia israelí desde la liberación de Jerusalén. Mientras que la Guerra de los Seis Días fue una historia de milagros y asombro, la Guerra de Yom Kippur dejaría un saldo de 2412 israelíes muertos y las cicatrices que perduran en Israel hasta el día de hoy. Nuestro país, con el tiempo, ganó la guerra, que debe su nombre a que Egipto y Siria atacaron de modo simultáneo en el día sagrado israelí de ayuno y oración. Sin embargo, todo lo que los israelís pudieron ver al final fue la destrucción y la lista de los muertos. Jamás volví a ser testigo de esa inocente cultura casi infantil pos1967 en la que todos susurraban reverentemente sobre la llegada del Mesías; los cantos y los bailes llenos de júbilo en las calles desaparecieron para siempre.

El periódico más importante de Israel, Yediot Aharonot, informando acerca de los ataques la mañana después de Yom Kippur 1973.

Un cuerpo muy nuevo en Israel
Al poco tiempo de instalarme en Jerusalén, conocí a un pastor judío pionero de nombre Victor Smadja que inició una congregación en esta ciudad. Había otros grupos pequeños en el país, pero por su tamaño y su ubicación, esta congregación se convirtió en el grupo principal de Jerusalén. Había otras reuniones muy pequeñas con creyentes judíos y árabes en la ciudad. Acordaron unirse a Victor, lo que fue una gran jugada. Este grupo se transformó en la verdadera primera congregación mesiánica de Jerusalén, y continúan siendo una congregación dinámica y en crecimiento al día de hoy. También existían algunos grupos pequeños en la zona de Tel Aviv y al norte de Haifa, pero, por supuesto, con la tecnología disponible en ese momento, no había mucha comunicación entre todos estos grupos.

Un día, mientras estaba recostada en mi cama en Jerusalén, de pronto tuve la abrumadora impresión de que debía mudarme a Tel Aviv. Recapacité sobre esto durante varios días, pero no podía deshacerme de esta sensación. Encontré un apartamento en un pueblito llamado Ramat Hasharon, conocido por sus vastos campos de frutillas. Quedaba al norte de Tel Aviv, así que pude conocer a los creyentes locales de la zona.

Joe Shulam era uno de ellos y a través de él, conocí a un estudiante universitario árabe de Lod que, a su vez, era amigo de unos cuantos soldados israelíes. Ellos habían mostrado interés en Yeshúa, y Joe los tenía como alumnos. Joe tuvo que viajar a los Estados Unidos y me pidió que lo sustituyera en su clase bíblica. Debía enseñarles en hebreo. Incluso en esa época, mi hebreo no era tan bueno para los soldados que lo hablaban de forma fluida. Les enseñé la Biblia de forma simple a jóvenes que no sabían nada acerca de Yeshúa. Al poco tiempo, uno tras otro, aceptaron a Yeshúa; no podía creerlo. Más tarde, bromeamos con que mi hebreo no era lo suficientemente bueno para entender sus preguntas, por lo que debían quedarse callados y escuchar, ¡y así aceptaron al Señor!

Ehud, el hijo de Eliezer Ben Yehuda. (Archivos de Israel)

El único problema era que Joe Shulam y yo éramos los únicos hebreos nacidos de nuevo que habían conocido. Los soldados no dejaban de preguntar: «¿Dónde hay otros creyentes judíos? ¿Somos los únicos que existen en el mundo?». Así que, sentí la necesidad de encontrar otros creyentes para presentárselos. Escuché que había unos «cristianos hebreos» de Inglaterra que se estaban hospedando en una hostería local. Pensé: «¡Asombroso! Una oportunidad para que vean a otros creyentes en Yeshúa ¡que son judíos!». Y allí nos dirigimos. Era un lindo día, y me quedé hablando en el jardín con algunos amigos mientras los 4 o 5 soldados entraron. Poco después, ¡salieron furiosos! Se habían quedado en el recibidor donde los británicos estaban reunidos, y había una mesa con café y galletas. Israel es una cultura muy del estilo «te damos la bienvenida, sírvete lo que quieras», por lo que los soldados procedieron a servirse café, pero cuando lo hicieron, los británicos les dijeron que se fueran y los echaron de la recepción.

¡Me apresuré a entrar a la hostería para ver qué estaba sucediendo! Cuando pregunté, los ingleses me respondieron que en verdad lo sentían; no sabían que los soldados eran creyentes. Pensaron que eran simples personas de la calle que entraron sin previo aviso. Desde luego, nunca habían visto a un soldado israelí que fuera creyente.

Así que, busqué a los muchachos y les expliqué lo que había ocurrido, pero su reacción fue enojarse aún más que antes. Me dijeron: «¿Dices que estas personas son creyentes? ¿Así tratan a las personas que piensan que vienen de la calle, sin ofrecerles ni siquiera una taza de café? ¿A eso le llamas ser un creyente?». Estaba muy decepcionada de que hubieran tenido una experiencia tan mala porque a lo largo de mi vida había conocido a muchos creyentes maravillosos.

Golda Meir se postuló con los mejores y fue la primera mujer en acceder al cargo de primer ministro de Israel. Con frecuencia, se la cita por sus profundas y sabias palabras. (Alamy Stock Photo)

Algunas semanas después, escuché que un muy respetado ministro con el extraordinario don de sanar ¡vendría a Israel! Las señales y los milagros son algo históricamente impactante para los judíos. Entonces, pensé: «¡Bien! Llevaré a los muchachos a este servicio». Sí, la reunión sería en inglés, más que nada por los turistas, pero presenciarían milagros. Sabrían que Yeshúa es en verdad nuestro mediador para llegar al Padre, el Verdadero Mesías.

El servicio se llevaría a cabo en un gran estadio de béisbol en Tel Aviv. Me aseguré de que tuviéramos asientos en las primeras filas para que nuestros muchachos pudieran ver de cerca lo que el Señor haría. Entonces, llegamos casi una hora antes, fuimos de los primeros en llegar. Nos sentamos en la primera fila. Justo antes de que comenzara el servicio, a medida que la gente iba tomando asiento, un grupo de alemanes —sí, un grupo de alemanes— entró, y el guía turístico nos dijo que estábamos en sus asientos.

Desde luego, no quería hacer una escena. Por eso, le intenté explicar al guía con la mayor discreción posible que tenía a un par de soldados israelíes nuevos que hacía muy poco habían aceptado al Señor, y que era muy importante que pudieran ver de cerca lo que estaba sucediendo. No le importó; pues a mí tampoco me importaba lo que él decía. No nos moveríamos de allí. No tengo idea de por qué pensó que esos eran sus asientos, pero se pasó los siguientes diez minutos gritándonos frente a todo el público. En 1974, no había pasado mucho tiempo desde el Holocausto, y este incidente ocasionó una tristeza que se apoderó de nuestro grupo durante el resto de la noche. El servicio estuvo bien, pero no hubo milagros. Los soldados estaban muy dolidos por culpa de los pocos creyentes que habían conocido; su fe empezaba a flaquear.

Joe Shulam estaba de vuelta en el país, y ambos hicimos hasta lo imposible para ayudar a que estos muchachos conservaran su fe. A menudo solían acotar: «Si la Biblia dice que los judíos van a regresar a su tierra, ¿por qué no se mudan todos estos creyentes judíos de Estados Unidos a Israel?».

Incluso, los filmé cuando miraban a la cámara y decían: «Si eres un creyente judío que vive en los Estados Unidos, ¿por qué no vienes a Israel y nos ayudas a construir una comunidad de creyentes?», pero no hubo otros jóvenes creyentes israelíes a los que pudiéramos localizar. Poco a poco, comenzaron a alejarse de la pasión que habían sentido por Yeshúa. En un momento, Joe y yo hasta fuimos al desierto y oramos de todo corazón por estos jóvenes. Sin embargo, uno a uno, se fueron marchando.

Los soldados israelíes mostraban un gran respeto por el carácter sagrado de su patria, pero enseñarles los caminos de Dios a partir de la Biblia era un desafío en un nivel totalmente nuevo. (Alamy Stock Photo)

Un núcleo sólido

Estos trágicos sucesos me colocaron en una encrucijada.

Sabía que debía formar un núcleo sólido de creyentes si alguna vez queríamos tener una comunidad de creyentes dinámica. Existían solo dos opciones: seguir intentando traerle al Señor a israelíes no creyentes que supieran hebreo y entendieran la cultura israelí, pero que tendrían que aprender la cultura del Reino desde cero o traer creyentes judíos de otras partes del mundo que conocieran a nuestro Señor, pero que tendrían que aprender el idioma y la cultura de Israel desde cero. Sabía que ninguna de las dos era fácil. También sabía que, a esa altura, ya había fallado en una de ellas.

Era finales de la primavera de 1976, y fui a los Estados Unidos en busca de judíos creyentes en Yeshúa. Había muchos cristianos no judíos a los que les hubiera encantado vivir en Israel, pero los no judíos solían recibir la ciudadanía solo si tenían un oficio o habilidad especial, o si estaban casados con una persona judía.

Viajé por todos lados y hablé. Unos cuantos líderes actuales de Israel iniciaron su camino hacia este país cuando me escucharon a hablar sobre la visión de construir un cuerpo sólido de creyentes en Israel. Una de mis charlas fue en la iglesia de Van Nuys a cargo del pastor Jack Hayford, quien había visto mi película Dry Bones. Necesitaba un lugar para quedarme y recordé la invitación de Jack East, un creyente de la revista Hollywood Reporter que me había invitado a quedarme con él y su familia si alguna vez visitaba la zona de Los Ángeles. Por lo tanto, lo llamé.

Ari actuó en muchas películas. Aquí, en el papel de un tercer oficial con las estrellas Eric Estrada y Larry Wilcox en la primera temporada de Chips, hasta que regresó a Israel.

Cuando llegué a su casa, comenzó a contarme sobre un actor judío nacido de nuevo que acababa de conocer y que le había dicho que quería mudarse a Israel algún día. Como yo estaba en búsqueda de candidatos para la aliyá, le pedí a Jack si podía comunicarse con él. El actor le había dado su tarjeta, así que Jack lo llamó, pero resultó ser el número de su representante artístico. Dado que era sábado, la agencia estaba cerrada. Yo iba a hablar en la congregación del pastor Jack el domingo, y el lunes a la mañana partiría de regreso a casa. Parecía un callejón sin salida. Sin embargo, un poco más tarde ese mismo día, el teléfono de Jack sonó. ¡Era el mismísimo actor que habíamos intentado contactar! Solo se habían visto una vez en un restaurante, y el actor no pudo encontrar la tarjeta de presentación de Jack, pero de alguna forma recordó su número de teléfono y lo llamó de la nada. Todo el mundo lo conocía como R. B. en aquel entonces. Hoy, se hace llamar Ari Sorko-Ram.

Poco después, Ari fue a la casa de Jack. Le mostré mi pequeña película de los soldados que les pedían a los creyentes judíos que fueran a Israel y, luego, proyecté una película que había hecho junto con el arqueólogo Yigael Yadin en el sitio arqueológico de Megido. Debo decir que Ari no parecía muy emocionado por mudarse a Israel, pero dijo que oraría al respecto.

Mis primeros frutos
Ari, la jovencita Dina y el hijo de ella, de seis años, fueron mi cosecha total de creyentes judíos que inmigraron a Israel, ¡pero qué pretendiente había encontrado! En tan solo unos meses, supe que este era el hombre con el que quería casarme. Me desanimó un poco el hecho de que no pareciera muy interesado en mí. Sin embargo, un amigo un común, Joel Chernoff, vio mi frustración y me explicó: «Está en un país completamente nuevo. Dejemos que se oriente. ¡Dale algo de tiempo!».

No mucho después, me propuso casamiento en un pequeño café con vista al mar Mediterráneo en Jaffa. Debido a nuestra fe, sabíamos que la estricta institución rabínica ultraortodoxa tenía completo control sobre quién podía casarse en Israel. Entonces, decidimos casarnos en una de las sinagogas más grandes de Dallas, Texas: El Templo Emanu-El. Qué apropiado.

Ari, Shira y su hijo Ayal.

En el transcurso de doce meses, fundamos Maoz Israel y tuvimos nuestro primer hijo. Allí fue cuando las cosas se pusieron realmente en marcha…

Continuará el próximo mes…

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