Boletín de Maoz Israel diciembre 2020

Siete historias en un año de hambre y abundancia

En el año 2006, mi socio y yo inauguramos juntos un taller mecánico. Alrededor del año 2014, las cosas no marchaban bien y mi socio dejó el negocio. Miré la pila de facturas que me había dejado y supe que tendría que elegir entre huir de todo o afrontar esta montaña con fe.


Shani Ferguson
Por Shani Ferguson
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Valentin

En el año 2006, mi socio y yo inauguramos juntos un taller mecánico.

Alrededor del año 2014, las cosas no marchaban bien y mi socio dejó el negocio. Miré la pila de facturas que me había dejado y supe que tendría que elegir entre huir de todo o afrontar esta montaña con fe.

En ese entonces, era un pastor adjunto y cuando compartí mi problema con el pastor principal, me contó sobreIStandwithIsrael. Al momento de solicitar su ayuda, no quise pedirles que pagaran mis deudas ya que sentía que eran mi responsabilidad. Les pedí que me ayudaran a satisfacer las necesidades de mi familia mientras empleaba las ganancias del taller en ir disminuyendo las deudas, pero ISWI pensaba más allá de nuestras necesidades inmediatas. Ellos querían que yo triunfara a largo plazo. Así que, me enviaron a un asesor financiero que me ayudó a reservar fondos tanto para mi negocio como para mi vida familiar. Hubo varios meses en los que no sé de qué se hubieran alimentado mi esposa y mis hijos de no ser por la ayuda de ISWI.

Ya llevo casi seis años pagando y reconstruyendo el negocio, e incluso en un año tan difícil como este, ¡nos va bien! Sabiendo que fuimos llamados a hacer todo como lo haría el Señor, compro piezas de buena calidad y logré que mi taller goce de una reputación de excelencia e integridad.  Ahora puedo recordar esos momentos difíciles y ver que sirvieron para hacerme un mejor padre, esposo, empresario y pastor. Y estoy agradecido por el papel que ISWI desempeñó para que hoy pueda estar donde estoy.


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Dimitri

Me crie en una familia de artistas en Ucrania. Mi madre era actriz de teatro; mi padre comenzó como pintor y luego se dio cuenta de que era muy bueno en cerámica. Era tan bueno, de hecho, que abrió su propia fábrica de cerámicos. Me uní a mi padre en la gerencia de la fábrica durante varios años hasta que no pude luchar más contra ese deseo interno de mudarme a Israel.

Mi hermano estaba feliz de reemplazarme en la fábrica, así que sentí que el negocio de mi padre quedaba en buenas manos.

Al poco tiempo de llegar, conocí a la mujer de mis sueños y me casé con ella. Ambos acordamos que queríamos tener muchos hijos, por lo que comencé a esforzarme por alcanzar un punto de solidez económica. Abrí un taller de cerámica en Israel, pero como las normas, la cultura y el mercado allí son tan diferentes, el negocio fracasó estrepitosamente. 

Pasé los siguientes años trabajando para unas cuantas compañías vinculadas al arte y para la academia de arte más famosa de Israel, Bezalel (cuyo nombre viene del artesano que diseñó el Arca del Pacto). Aprendí mucho sobre el negocio e hice muchas amistades y conexiones en ese campo. Entonces, lo intenté de nuevo.

El primer año, apenas obtuve ganancias. No tengo ni idea de cómo hicimos para sobrevivir, pero no abandoné mi negocio. Sabía que con una familia grande y todavía en pleno desarrollo, jamás sería capaz de alimentarla sin tener mi propio negocio.

El segundo año, mi negocio comenzó a expandirse y nuestra familia también. En nuestros ahora veinte años de matrimonio, mi esposa y yo trajimos a este mundo trece maravillosos hijos.

Ya con el negocio más establecido, llegaban pedidos que se repetían y pudimos depender de un flujo constante de ingresos. No obstante, cuando la enfermedad COVID-19 surgió este año, todo se detuvo de forma abrupta. Las tiendas no podían abrir para vender nuestros productos y los restaurantes no podían servir las comidas en nuestros platos.

Pese a esto, aún debíamos alimentar a nuestros hijos y cubrir los gastos básicos del negocio.

Les enseñamos a nuestros hijos que nada de lo que hacemos tiene propósito o significado lejos de Dios. Nuestro lema familiar proviene de Josué: « Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor». Ya sea que nuestros niños aprendan matemáticas, cocinen, toquen una canción o hagan una taza de cerámica, nuestra familia lo hace todo con el fin de dar gloria a Dios. Siempre hemos creído que a Él le importa un pájaro pequeño como una familia grande por igual. 

Nosotros no nos contactamos con IStandwithIsrael; ellos nos encontraron. Este otoño justo antes de las vacaciones, mientras nos decían que deberíamos cerrar nuestro negocio durante casi un mes, unos representantes de ISWI vinieron a mi taller y me entregaron un cheque para ayudarme a cuidar de mi familia. ¡Fue de tanta ayuda! Y qué lección tan tangible para compartir con nuestros hijos la provisión de Dios.


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Ludmilla

Ludmilla siempre ha sido sociable. Incluso a sus ochenta y dos años, se la conoce por ser el alma de la fiesta en el hogar de ancianos donde vive ahora.

Nació en Ucrania justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. A medida que la amenaza contra los judíos se iba acrecentando, su madre y su abuela escaparon con ella a la Unión Soviética. Volvieron a Ucrania para rearmar sus vidasuna vez terminada la guerra. Ludmilla finalizó sus estudios y consiguió un trabajo administrativo. Sin embargo, pronto descubrió lo mucho que le gustaba trabajar con gente y dedicó los siguientes treinta y siete años de su vida al sector de ventas. Estos años, por supuesto, también incluyen haberse casado y criado dos hijos. Años después de que sus hijos crecieran y formaran sus propias familias, su esposo murió.

Un año, cuando celebraban una festividad en un centro comunitario judío, escucharon sobre una agencia que ayudaba a los judíos que inmigraban a Israel. Sus dos hijos decidieron mudarse con sus familias, y si bien ella tenía setenta años, no había modo de que Ludmilla se perdiera la oportunidad de ver crecer a sus nietos en Tierra Santa. Una vez que se instalaron, su hijo encontró un trabajo en la manufactura y su hija aceptó un puesto de enfermera en el hospital.

Aunque se había jubilado y había comenzado a experimentar las dolencias físicas típicas de la edad, Ludmilla siguió estando involucrada con su familia. Eso fue, claro está, hasta que surgió la enfermedad COVID-19 y se les ordenó a todos que se aislaran en sus casas. A los ochenta y dos años, vivir sola en casa se dificultaba, pero cuando este verano pasado, la encontraron tirada en el suelo de su apartamento cinco horas después de una terrible caída, sus hijos supieron que necesitaban buscarle una alternativa, y rápido. Su condición médica empeoraba, pero la gran cantidad de noticias en Israel acerca de los terribles cuidados que reciben los ancianos en esos lugares dejó a sus hijos desconcertados sobre a quién podían confiarle la mujer que les dio la vida. 

Con sus antecedentes en el campo de la medicina, la hija de Ludmilla pudo encontrar un lugar que cumplía todos los requisitos de cuidado personal y competencia médica. Sin embargo, incluso si ella y su hermano juntaban todo su dinero, tan solo llegaban a cubrir cerca de la mitad de los gastos iniciales de internación. Cuando su pastor se enteró de este dilema, les comentó sobre la misión de IStandwithIsrael de atender las necesidades de los creyentes israelíes. Antes de que acabara el verano, ISWI aprobó el monto completo que se le pidió, y Ludmilla fue trasladada a su nuevo hogar. Lleva allí cinco meses, y el personal está encantado con esta mujer a la que se refieren como una « luz brillante». Es hermoso ver la lealtad de Dios, que fue tan evidente para el rey David como lo es también hoy en día. « He sido joven y ahora soy viejo, pero nunca he visto justo en la miseria…» Salmos 37:25.


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Ruslan & Yael

He vivido en Israel desde mi primer suspiro. Ruslan llegó unos diez años después, a los doce años de edad, cuando su familia emigró de Azerbaiyán. Nos conocimos de niños porque nuestras familias asistían a la congregación Melech Hakavod. A los dos años de llegar a Israel, Ruslan se unió al equipo de adoración y ha servido allí durante los últimos quince años. Yo me uní de adolescente al equipo juvenil de adoración y todavía continúo sirviendo allí.

Mientras Ruslan estaba en el ejército, él y yo comenzamos una relación; y al poco tiempo de que saliera, nos casamos. Eso fue hace siete años. Dimos inicio a nuestra vida marital con el alquiler de un pintoresco apartamento pequeño, como lo hacía la mayoría de las parejas israelíes jóvenes. Ruslan consiguió empleo en una compañía electrónica que producía partes para computadoras. Mientras tanto, fui armando una clientela para mi negocio de pasteles personalizados. Nuestro primer bebé llegó, y todo salía tal cual lo planeado.

El plan era trabajar duro y ahorrar para algún día comprar nuestro propio apartamento y, quizás en un futuro, nuestro propio negocio. Es un plan ambicioso para una pareja joven ya que el pago adelantado por un apartamento en Israel puede ser tan caro como el costo de un apartamento completo en cualquier otro país. Siendo conscientes de este colosal impedimento para las familias jóvenes, el gobierno puso en marcha un programa en el que los contratistas cotizan algunos apartamentos de cada nuevo edificio a un precio de descuento y luego se hace un sorteo de lotería entre las decenas de miles de nombres que se presentaron.

Obviamente, Ruslan y yo no podíamos garantizar que quedáramos entre los elegidos, pero estábamos decididos a prepararnos por si ese día si llegaba. Incluso con un descuento, la única forma de ahorrar lo suficiente para el pago inicial sería sobrevivir gastando lo mínimo posible de nuestros ingresos. Mis padres nos apoyaron mucho con nuestro sueño y accedieron a que nos mudáramos con ellos, de modo que cada shekel extra se guardaba previniendo que algún día pudiéramos criar a nuestros hijos en un lugar al que pudiéramos llamar hogar de forma permanente.

Cerca de comienzos de 2020, todo lo malo y lo bueno pareció suceder al mismo tiempo. Primero, ¡nos enteramos de que seríamos padres por segunda vez! En esa época, en el empleo de Ruslan hicieron recortes, y él perdió su trabajo. Entonces, recibimos una llamada donde nos informaban ¡que nuestros nombres habían salido sorteados! Teníamos tan solo dos semanas para firmar por un apartamento en un nuevo proyecto de edificio, ¡justo en el vecindario que habíamos pedido!

Lo que debió ser un momento de felicidad, aquella oportunidad que solo se da una vez en la vida y que tanto habíamos esperado, no pudo llegar en un peor momento. Pese a esto, Ruslan logró conseguir otro empleo y firmamos de buena fe con la esperanza de que encontraríamos una manera de poder juntar lo que faltaba del pago adelantado para la fecha límite que se había pactado. Entonces, llegó la COVID-19. Esos preciados meses antes del nacimiento de nuestro segundo bebé los perdimos en el aislamiento, y seis meses después, Israel aún intentaba encontrar el modo de afrontar la crisis; se nos estaba acabando el tiempo.

Varios amigos de nuestra congregación me contaron acerca de cómo IStandwithIsrael los había ayudado en el pasado y nos alentaron a que les solicitáramos ayuda. Como todo este año fue tan difícil para la gente, no parecía el mejor momento para solicitar una ayuda monetaria con el fin de poder comprar un apartamento. Sin embargo, hasta en los momentos más complicados, la vida continúa, las familias siguen creciendo y las decisiones cruciales para el futuro deben tomarse ahora. Estamos tan agradecidos de que ISWI tuviera la capacidad y el deseo de ayudarnos con algo que significa tanto para nosotros como familia. Es increíble ser testigo de un momento en el que hiciste todo lo posible y, de repente, Dios está allí, al final del camino, esperando para compensar la diferencia.


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Gideon & Suzi*

En un pequeño pueblo cerca de la frontera egipcia, vive una familia con cinco hijos. Gideon, el padre, nació y se crio en un kibutz al norte de Israel. En algún momento, al salir de las fuerzas armadas, la mayoría de los israelíes abandonan el país durante algunos meses en busca de nuevos aires antes de asentarse definitivamente para estudiar o trabajar. India es el lugar favorito de casi todos ellos porque es un lugar accesible desde lo económico para los soldados, quienes acaban de recibir una paga de cien dólares al mes por sus dos o tres años de servicio.   

Gideon también eligió ir a la India. Allí, conoció a dos personas que le cambiarían la vida para siempre: Suzi, su futura esposa, y Yeshúa, su Eterno Salvador.

Regresó a Israel como un hombre cambiado y en compañía de su esposa Suzi. Se mudaron al norte de Israel, cerca del mar de Galilea, porque era pescador. Por la época del nacimiento de su tercer hijo, sintieron que Dios los llamaba a dejar los afelpados pastos del Golán para ser un testimonio vivo en las áridas arenas del desierto del Néguev.

Vivir en el medio de la nada tiene sus beneficios porque el costo de vida es muy bajo. Lo más negativo era que la aldea es tan rural que no tiene una escuela como corresponde. Así que, durante doce años, Suzi educó a sus hijos en casa mientras Gideon trabajaba como guía turístico en el desierto y también como seguridad.

Hace tres años, no obstante, descubrieron que uno de sus hijos necesitaba acceder a educación especial, y el único lugar disponible era un internado de la zona de Jerusalén que estaba a horas de distancia. A esa altura, los dos hijos mayores ya estaban en edad de servir en las fuerzas armadas, entonces Suzi comenzó a trabajar en agricultura para ayudar a cubrir los gastos del internado. La agricultura es un trabajo que consume mucho tiempo, por lo que esto, desde luego, significaba que ya no podría educar en casa a los otros dos niños. Si bien la única escuela «decente» en la zona era una privada, era posible enviarlos allí. El turismo en Israel no ha dejado de crecer en los últimos años, y mientras los compradores habituales de cultivos siguieran comprando, podían pagarla. De haber sido cualquier otro año, estas dos ocupaciones hubieran funcionado a la perfección, pero el 2020 no es un año cualquiera, y los pagos de la escuela se convirtieron en algo insostenible de la noche a la mañana.

ISWI aprobó la solicitud de su pastor para ayudar a cubrir los gastos de la educación de sus hijos, y ellos nos escribieron para compartir con nosotros su inmensa gratitud. Sin embargo, fuimos nosotros quienes quedamos con una sonrisa grabada en nuestro rostro al ser testigos de cómo Dios se ocupa de las cosas importantes para Su pueblo cuando ellos se ocupan de las cosas que son importantes para Él.

*Se cambiaron los nombres a fin de proteger la privacidad de la familia.


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Ariel & Yael

Yael y yo ya estábamos casados el día en que visualicé en mi mente esta imagen de nosotros y nuestros hijos, todos juntos viviendo en Israel. Le comenté a Yael al respecto y ella quedó mortificada. Tal vez Estados Unidos, pero Israel no estaba en los planes. A pesar de esto, cada año que pasaba y seguíamos sin mudarnos, me sentía más y más vacío por dentro.  

Yael, al final, aceptó comenzar el proceso de inmigración que conlleva muchísimo papeleo. Tal vez en su cabeza, era una tarea tan desalentadora que solo un acto de Dios la habría llevado a cabo. En Rusia, los documentos originales que prueban las raíces judías de las personas son muy difíciles de encontrar tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial y del colapso de la Unión Soviética. Por eso, la embajada israelí en Bielorrusia estaba sorprendida cuando les presenté nuestros papeles originales que se encontraron en lo profundo de una bóveda de archivos de la KGB.

Fui ateo durante gran parte de mi vida, pero al poco tiempo de llegar, las cosas cambiaron para mí. Antes de la mudanza a Israel, me había dedicado unos veinte años al diseño gráfico, pero cuando llegué aquí, ya no quería saber más nada con estar sentado en un escritorio. Quería ser un faro de luz en algún lugar donde fuera útil.

Eilat es la ciudad más meridional de Israel, a orillas del mar Rojo y enclavada entre la frontera egipcia y la jordana. Vi que en Eilat podía ser tanto un guía espiritual, ministrando junto a mi esposa, como un guía turístico en el desierto y así ayudar a que los turistas se conectaran con Israel de una forma única. Menos sitios sagrados, más Tierra Santa.

IStandwithIsrael pagó mi capacitación, y nuestro negocio prosperó. Se calcula que el 80-90% de la economía de Eilat se vincula al turismo, pero entonces apareció la COVID-19, y la ciudad entera se paralizó. Sabemos que esta tierra siempre atraerá a personas de todo el mundo; la historia aquí es simplemente demasiado rica para ignorarla.

Mientras tanto, sin embargo, ISWI estuvo a nuestra disposición para ayudarnos a mantenernos económicamente, y esto implica que podemos seguir ministrando a los ciudadanos durante este tiempo de lucha que parece no tener fin. Es probable que lleve un tiempo, pero cuando ese momento llegue, pensamos estar listos y a la espera de mostrarles una vez más a los extranjeros de todo el mundo lo que hace a esta tierra tan especial para el Creador del universo.


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Gedalya

La mayoría de mi familia fue asesinada durante el Holocausto. Quienes sobrevivieron se enteraron de que los otros estaban vivos recién cuando inmigraron a Israel cada uno por su cuenta. Corría el año 1957, y yo era un niño de ocho años cuando mis padres se mudaron a Israel. Mi padre siempre tuvo una gran voz para hablar, hasta en hebreo que era su segunda lengua. No mucho después de llegar a Israel, lo contrataron para leer textos en Kol Yisrael, la radio nacional del país, y trabajó allí durante cuarenta años. Aunque mi familia sobrevivió, el Holocausto dejó heridas que nunca sanaron, por lo que nuestra vida hogareña al crecer no fue una muy buena historia. Pasé gran parte de mi adolescencia solo porque como ateo que era, estaba convencido de que siempre estaría por mi cuenta. Cuando fui reclutado en el ejército, serví tres años en la Fuerza Aérea y luego continué trabajando para el Ministerio de Defensa de Israel durante los siguientes veinte años: esa es la versión corta. Queda mucho más por contar, e incluso hicieron una película de mi vida hace algunos años.

Dejé el Ministerio de Defensa para ser dueño de un negocio, y abrí un bar. Por desgracia, tenía problemas con el alcohol, de modo que la elección del rubro no fue la más indicada para mí. En algún momento, alguien me contó sobre Yeshúa y lo acepté con todo mi ser. El cambio fue tan repentino que mi familia estaba segura de que había comenzado a drogarme. Es que sonreía, bailaba por la casa y compartía las Buenas Nuevas, las mejores noticias que había escuchado a la gente en la calle. La misma familia que se había mantenido a mi lado durante mi alcoholismo ahora se había vuelto hostil conmigo por no poder explicarse de dónde provenía mi súbita alegría. Sin embargo, uno por uno, toda mi familia conoció y aceptó a Yeshúa como su Mesías.

Con el tiempo, inauguré una cafetería. Tuvo tanto éxito que abrí una segunda. Entonces, a principios del año 2000, llegó la intifada, y las cosas se complicaron. Los ataques terroristas tenían como blancos los restaurantes y los autobuses, y eso daño a muchos negocios. Perdimos todo, hasta nuestra casa. Por suerte, en aquel momento contaba con el apoyo de mi esposa, y ambos sentimos que el Señor nos llamó a mudarnos al norte y servir en una congregación en el Monte Carmelo. Conseguimos una pintoresca casita en un pueblo druso que estaba a poca distancia de la congregación, y a mí me contrataron para estar a cargo de su cafetería. Era el mejor escenario para mí: una vida sencilla en la que podía disfrutar de la cafetería y, a la vez, mi éxito bendecía el Reino de Dios.

El año pasado, los médicos me descubrieron cáncer en una etapa que todavía podía tratarse. Las buenas noticias eran que el mejor hospital del país para el tipo de tratamiento que necesitaba quedaba cerca de nosotros, en Haifa. Las malas eran que, pese a eso, era una distancia de unos 40 minutos en auto desde nuestro pueblo; y como nuestra vida se reducía a este pueblo druso, hacía años que no teníamos un coche. Mi hija se las ingenió para llevarme al hospital y traerme de regreso, pero a medida que el tratamiento iba avanzando, comencé a sufrir reacciones intensas que solían requerir hospitalizaciones de emergencia.

Me dijeron: «Tendrás que mudarte más cerca del hospital». Yo no quería eso. Me encantaba nuestro pueblo, las tiendas, los vecindarios. Conocíamos a todos, y todos nos conocían. Mudarse a una ciudad grande como Haifa en la que pagas el doble para vivir como un punto entre tantos no me atraía en lo más mínimo, pero los médicos me dijeron que había esperanza si terminaba el tratamiento y que la mudanza sería temporal. Les comenté a los líderes de nuestra congregación sobre nuestro dilema, y estuvieron a favor de que me mudara. Ellos sabían de una fundación que podía ayudarnos a cubrir los gastos extra de mudarnos más cerca del hospital, por lo que contactaron a IStandwithIsrael. A las semanas de que presentáramos la solicitud, la aprobaron, y aquí estoy, a siete minutos de donde recibo mi tratamiento. Los resultados, hasta ahora, han sido muy alentadores, y soy optimista de que superaré esto y podré ver a mis nietos traer al mundo a la próxima generación de creyentes en el linaje familiar.


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